¿Cultura de innovación o cultura de adaptación?

¿Cultura de innovación o cultura de adaptación?

  

Por Alfredo del Valle

 

Crear culturas de innovación es la nueva consigna del mundo empresarial y de las políticas públicas de América Latina. Las universidades preparan profesionales en innovación, los gobiernos financian proyectos, los jóvenes más brillantes se van a especializar al mundo desarrollado, los gurúes nos visitan desde allá con novedades y panaceas, y la publicidad nos ofrece cientos de productos que serían fruto de respetables esfuerzos de innovación. Y se va instalando una presencia tan vasta de esta idea que parece que ya todo es innovar: desde la batalla global de los teléfonos inteligentes hasta las ofertas de paquetes turísticos y las promociones de jabón de tocador. ¿Es esto la cultura de innovación?, ¿llegó ya a nuestras tierras?.

 

Evitemos confusiones y respondamos de una vez que no. Son solo muestras de otra cultura: una cultura de espectadores de las batallas de innovación que disputan otros, que a lo más nos llevará a ser consumidores bien informados. ¿Y en qué consiste entonces ser actores?, ¿cuáles son las condiciones para serlo?, ¿hay algo más profundo que nos señale qué distingue a la cultura de innovación?

 

Sí, existe un criterio de fondo que nos puede orientar. Para presentarlo debemos identificar primero a los enemigos de la innovación, pudiendo el lector llevarse alguna sorpresa. Los enemigos son dos: el menor, que se llama estancamiento, y el mayor, que se llama adaptación. Al menor lo podemos despachar con facilidad, ya que todos sabemos que el mundo cambia y quien se estanca retrocede y tarde o temprano desaparece: ya las máquinas de escribir son piezas de museo. El estancamiento es un enemigo abierto y ostensible, y por lo mismo fácil de enfrentar.

 

Pero el enemigo mayor, la adaptación, es sutil y solapado. Está despierto y operante a toda hora, y se suele disfrazar de innovación para hacernos creer que ya llegamos a la tierra prometida. ¿En qué consiste la adaptación? En tomar como puntos de partida para todo lo que hacemos a los problemas y las oportunidades. Cada vez que surge un problema –un  nuevo competidor, una falla en un equipo– lo enfrentamos. Cada vez que surge una oportunidad –una nueva tecnología, un llamado a licitación– la aprovechamos. Y en ambas situaciones vamos aprendiendo y nos vamos fortaleciendo. De esta manera estamos al día, crecemos, protegemos nuestro patrimonio tangible e intangible, avanzamos en la tecnología, seguimos atentamente las tendencias y mercados: ¿no es esto innovar?, ¿no está aquí la clave de la gestión, como nos dicen tantos textos y consultores?. Si no, ¿de qué se trata entonces?.

 

Observemos el tema con mayor detenimiento. Adaptarse es responder a eventos o procesos externos mediante cambios internos. En el entorno simplemente ocurren cosas y somos nosotros quienes les ponemos la etiqueta de problema u oportunidad. Por ello es que el mismo evento puede ser visto de las dos maneras en la misma organización. La respuesta de adaptación consiste en realizar una serie de ajustes internos, primero en nuestras operaciones, luego nuestra organización y finalmente en nuestra cultura, donde todo queda firme, afianzado e inconsciente. Un buen ejemplo es la tecnología de oficina y trabajo diario: primero trajimos aparatos separados, luego generamos redes y departamentos de informática, y hoy día ni siquiera podemos imaginar una oficina sin tecnología digital. Pero hacer todo esto es solo responder y reaccionar. Está lejos de innovar.

 

La innovación verdadera, esa que crea valor de modo sustentable, tiene un punto de partida más central y más profundo; uno que está dentro de la organización, no fuera de ella. La innovación arranca desde lo más medular y más propio de la organización, que es su potencial, su futuro latente, su identidad. La pregunta que genera innovación es: ¿qué es lo que podríamos llegar a ser, en este mundo concreto en que nos toca vivir?, ¿a dónde podríamos arribar si movilizamos todas nuestras fuerzas y desplegamos todas nuestras capacidades?, ¿qué es lo que en el fondo soñamos con crear y construir?. Es la pregunta visionaria y forjadora de futuro.

 

Una cultura de innovación es la que tiene a esta pregunta, y a la búsqueda honesta de caminos de respuesta, como su motivación fundamental. Es la que no pierde este norte aún frente a las pruebas más duras ni a las ofertas más seductoras que provengan desde el entorno. Porque ella busca cambiar al entorno, imponerle su sello; no ser una mera seguidora de lo que otros estén haciendo en ese entorno.

 

En su manifestación práctica, esta cultura conduce a la organización a buscar y realizar su potencial a través de dos pasos, que va dando y revisando sin cesar. En el primero genera y mantiene vigente una visión de desarrollo de gran riqueza y diversidad, o escenario de futuro, en que su potencial ya esté logrado. En el segundo identifica un gran número de cosas concretas y viables que podría hacer hoy para avanzar hacia ese futuro: sus potencialidades, como nos gusta llamarlas. La organización con cultura de innovación crea y recrea todos los días este mundo de potencialidades, rico y sugerente. Y de este mundo interno obtiene tanto motivación para actuar como innovaciones concretas para plantearle al mundo externo. Existen hoy metodologías prácticas para construir culturas de innovación; este autor ha desarrollado una, que se denomina Modelo de Innovación Participativa.

 

 

Una sugerencia final para el lector: no confunda potencialidad con oportunidad. Lo engaña la cultura de adaptación con su disfraz de innovación. Las potencialidades se buscan desde adentro y son las fuentes permanentes de innovación. Las oportunidades llegan desde afuera y son pasajeras, aunque a veces se pueda innovar con ellas. Pero no sirven para construir culturas de innovación. Es bueno usar palabras distintas para estas dos cosas. Los libros y artículos sobre innovación que se escriben en los países desarrollados pueden darse el lujo de usar la misma palabra, porque sus autores y lectores ya viven en una cultura de innovación. Nosotros no.

 

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